martes, 14 de septiembre de 2021

Un revisión al Modelo Nórdico desde la perspectiva ProDerechos

 Literatura científica crítica con el neoabolicionismo, el modelo nórdico y el enfoque "end demand": Una revisión desde la perspectiva ProDerechos

Introducción

En las últimas dos décadas, se ha consolidado un intenso debate feminista y académico en torno a la regulación del trabajo sexual. Por un lado, el neoabolicionismo (también conocido como "modelo nórdico" o "enfoque end demand") sostiene que la prostitución es inherentemente una forma de violencia contra las mujeres y propone criminalizar la compra de servicios sexuales mientras se "despenaliza" a la persona que vende sexo, a quien se considera víctima. Sin embargo, existe un corpus creciente y sólido de investigación académica que, desde una perspectiva de derechos humanos y basada en evidencia empírica, cuestiona seria y sistemáticamente este modelo. A continuación, presento una revisión exhaustiva de dicha literatura.


1. Cuestionamiento teórico-filosófico del neoabolicionismo

Desde la filosofía política y la teoría feminista, diversos trabajos han desmontado los fundamentos esencialistas del neoabolicionismo. La literatura crítica señala que este enfoque reduce la complejidad del trabajo sexual a una narrativa binaria de "víctimas y victimarios" que ignora la agencia de las personas trabajadoras sexuales [1].

Scoular y Carline (2014) ofrecen un análisis detallado de lo que denominan "neoabolicionismo sigiloso" (creeping neo-abolitionism) en Inglaterra y Gales, argumentando que cuando las complejidades del intercambio sexual comercial se reducen a un binario de víctimas/victimarios para ser "salvadas" o "corregidas" por intervenciones de justicia penal, se producen graves consecuencias negativas [2]. Las autoras abogan por un uso más productivo del derecho penal que complemente, en lugar de eclipsar, las preocupaciones más amplias de justicia social.

Tyler (2020) analiza los debates sobre prostitución/trabajo sexual a través del lente del "trabajo inaceptable" (unacceptable work), mostrando cómo tanto posiciones abolicionistas como algunas posturas pro-derechos pueden converger en enfoques que terminan siendo contraproducentes. La autora argumenta críticamente que "todos los caminos conducen a la abolición", evidenciando las tensiones internas en los debates feministas [3].


2. El "modelo nórdico" no existe como modelo unificado

Una de las contribuciones más importantes de la literatura crítica es demostrar que no existe realmente un "modelo nórdico" coherente y unificado. Kingston y Thomas (2018) exponen las fisuras en el así llamado modelo nórdico, desacreditando la naturaleza "persuasiva" de un enfoque nórdico unificado hacia la prostitución. Analizan cómo ocurre una transferencia ingenua, inapropiada e incompleta de este modelo entre países, que se convierte en un "irritante político" que exacerba los problemas que pretende resolver [4].

Por su parte, Skilbrei y Holmström (2011) preguntan directamente si existe un "régimen nórdico de prostitución", y concluyen que, aunque varios países han implementado regímenes similares, esto no significa que los países nórdicos tengan un enfoque consistente. Las políticas nacionales han surgido de contextos ideológicos y empíricos diferentes y se han combinado de diversas maneras con diferentes modelos de trabajo social y aplicación de la ley [5].

Hardy (2015), en su reseña crítica del libro Prostitution Policy in the Nordic Region, refuerza esta idea señalando que la diversidad de enfoques dentro de la propia región nórdica contradice la noción de un modelo homogéneo y ejemplar [6].


3. Evidencia empírica de los daños del modelo nórdico y las leyes "end demand"

3.1. Impactos en la salud y seguridad de las trabajadoras sexuales

Quizás la evidencia más contundente contra el modelo nórdico proviene de estudios empíricos que documentan los efectos perjudiciales de las leyes de criminalización de la demanda sobre la salud, seguridad y bienestar de las trabajadoras sexuales.

Levy y Jakobsson (2014) realizaron una investigación fundamental sobre la ley sueca de compra de sexo (sexköpslagen). Sus hallazgos son reveladores: la ley no ha logrado su objetivo abolicionista de disminuir los niveles de prostitución, ya que no existen datos fiables que demuestren una disminución general del número de personas que venden sexo. Más aún, la ley ha resultado en mayores peligros en algunas formas de trabajo sexual, exacerbados por la falta de servicios de reducción de daños, que se consideran incompatibles con el abolicionismo sueco. La investigación también documenta desalojos de trabajadoras sexuales, problemas con autoridades de inmigración, custodia de menores y la policía [7].

En Canadá, tras la implementación de la Protection of Communities and Exploited Persons Act (PCEPA) en 2014 —una ley modelo "end demand"— múltiples estudios han documentado sus efectos nocivos:

  • Argento et al. (2020), en un estudio prospectivo de cohorte con ~900 trabajadoras sexuales cis y trans en Vancouver, encontraron que la PCEPA se correlacionó de manera independiente con una reducción significativa en el acceso a servicios de salud (OR ajustado 0.59; IC95%: 0.45–0.78) y a servicios liderados por la comunidad (OR ajustado 0.77; IC95%: 0.62–0.95). Entre las trabajadoras sexuales que experimentaron violencia física/sexual o trauma, no hubo diferencias significativas en el acceso a servicios de apoyo psicológico [8].

  • Machat et al. (2019) encontraron que el 26.4% de las trabajadoras sexuales reportaron cambios negativos en sus condiciones laborales post-PCEPA, incluyendo reducción en la capacidad de evaluar clientes y menor acceso a espacios de trabajo. Reportar cambios negativos se correlacionó con ser inmigrante (OR ajustado 2.79; IC95%: 1.59–4.92) y con violencia física reciente en el lugar de trabajo (OR ajustado 4.01; IC95%: 1.12–14.40) [9].

  • Crago et al. (2021), en un estudio de cinco ciudades canadienses, documentaron que el 31% de las trabajadoras sexuales no podían llamar al 911 en emergencias de seguridad por miedo a la detección policial. El acoso policial vinculado a perfiles sociales y raciales se asoció con mayores probabilidades de no poder llamar a emergencias (OR ajustado 5.225; IC95%: 2.199–12.417). De 115 trabajadoras que experimentaron violencia o confinamiento en el trabajo, solo el 16.52% reportaron el incidente a la policía [10].

3.2. Impacto en la prevención de la violencia

Krüsi et al. (2018) examinaron las estrategias de prevención de violencia de trabajadoras sexuales en interiores en Columbia Británica, Canadá, concluyendo que las estrategias de las trabajadoras para prevenir la violencia son creativas y efectivas en muchas circunstancias, pero están limitadas por la ausencia de regulaciones legales y de salud pública que rijan la salud y seguridad ocupacional, y por el estigma asociado al trabajo sexual. Las autoras abogan por revisiones legales que reconozcan el trabajo sexual como una forma de trabajo, no de victimización [11].


4. La evidencia internacional comparada: despenalización vs. modelo nórdico

4.1. Nueva Zelanda: el modelo de despenalización

Nueva Zelanda despenalizó el trabajo sexual mediante la Prostitution Reform Act (PRA) en 2003, convirtiéndose en el primer país del mundo en hacerlo. La evidencia acumulada tras dos décadas muestra resultados positivos contrastantes con el modelo nórdico.

Abel (2014) reflexiona sobre una década de despenalización, documentando que la PRA ha sido exitosa en hacer la industria más segura y en mejorar los derechos humanos de las trabajadoras sexuales en todos los sectores de la industria. La ley proporciona protecciones que permiten salvaguardar los derechos humanos y la ciudadanía de las trabajadoras sexuales [12].

Armstrong (2020) expone cómo, a pesar de esta evidencia empírica, los neoabolicionistas persisten en describir el modelo neozelandés como un enfoque fallado, utilizando lo que denomina "narraciones estratégicas" (strategic storytelling) y distorsionando los hallazgos de investigación para sostener su posición ideológica, en lo que caracteriza como un fenómeno propio de la "era post-verdad" [13].

4.2. Revisión sistemática de resultados de salud

McCann, Crawford y Hallett (2021) realizaron una revisión sistemática de 95 artículos sobre resultados de salud de trabajadoras sexuales en países de ingresos altos con distintos entornos regulatorios. Sus hallazgos indican que las trabajadoras sexuales en países con legalización o despenalización demostraron mayores resultados de salud, incluyendo conciencia sobre condiciones de salud y factores de riesgo, en comparación con aquellos con modelos criminalizadores [14].

4.3. La posición de organismos internacionales

Tanto la Organización Mundial de la Salud (OMS) como la Organización de las Naciones Unidas (ONU) apoyan la despenalización del trabajo sexual para garantizar los derechos humanos de las trabajadoras sexuales. Abel (2018), en una carta publicada en BMJ, señala que la investigación realizada para apoyar el modelo nórdico presenta historias solo de aquellas trabajadoras sexuales que tienen experiencias traumáticas, mientras que la mayoría de las trabajadoras sexuales entrevistadas durante 20 años afirman que eligieron el trabajo sexual porque se adaptaba a sus necesidades y que lo que quieren es que sus derechos humanos sean respetados [15].


5. Crítica feminista desde el Sur Global y perspectivas decoloniales

5.1. Abolicionismo en Argentina

Morcillo y Varela (2017) analizan expresiones del abolicionismo en Argentina, describiendo cómo ciertas vertientes del movimiento abolicionista local recurren a concepciones esencialistas y prácticas políticas que contribuyen a la segregación de las mujeres que se definen políticamente como "trabajadoras sexuales", tratándolas como "otras" del movimiento feminista [16].

5.2. Feminismo y prostitución en México

Lamas (2016), desde México, reflexiona sobre la contraposición entre las feministas que impulsan el nuevo abolicionismo y las que abogan por reconocer nuevas formas de organización del trabajo y derechos laborales para las personas que realizan trabajo sexual. La autora sitúa esta oposición como una expresión significativa de las "guerras en torno a la sexualidad" (Sex Wars), potenciadas por el giro punitivo de la política criminológica y judicial sobre el comercio sexual [17].

5.3. Mirada desde Brasil y el Sur Global

Stabile (2020) ofrece una crítica decolonial y transfeminista brasileña al discurso hegemónico occidental, particularmente del feminismo radical, sobre el trabajo sexual y la trata de personas/migración. La autora demuestra cómo estas regulaciones invisibilizan y, a veces, criminalizan a las personas trans y de género diverso* en contextos migratorios, y cómo los discursos internacionales anti-trata y anti-prostitución afectan la migración voluntaria de trabajadoras sexuales trans* y de género diverso del Sur Global [18].

Juliano (2005), desde una perspectiva crítica, analiza cómo confluyen prejuicios de base religiosa, étnicos y condicionamientos de clase en la estigmatización de las trabajadoras sexuales, señalando que el discurso estigmatizador es compartido por sectores políticos de derechas e izquierda, e incluso apoyado por algunos sectores feministas [19].


6. El neoabolicionismo como "cruzada moral"

Weitzer (2007) analiza la construcción social de la "trata sexual" y concluye que los reclamos centrales de la cruzada moral contra la prostitución/trata son problemáticos, no substantiados o demostrablemente falsos. Documenta cómo la ideología de la cruzada ha sido crecientemente endosada e institucionalizada en la política y práctica del gobierno de Estados Unidos, a pesar de la falta de evidencia que la respalde [20].

Zeegers y Althoff (2015) comparan los efectos de la legislación sueca (modelo nórdico) y la holandesa (legalización), concluyendo que no hay evidencia sólida de que el modelo nórdico sea superior para combatir la trata o para proteger la autodeterminación de las mujeres. La pregunta de si el modelo nórdico debe ser respaldado por todos los estados miembros de la UE no encuentra una respuesta afirmativa en la evidencia disponible [21].


7. Síntesis de los argumentos ProDerechos contra el neoabolicionismo

La literatura revisada permite sintetizar los siguientes argumentos clave desde la perspectiva ProDerechos:

  1. Fracaso empírico: El modelo nórdico no ha demostrado reducir la prevalencia del trabajo sexual [7], mientras que sí ha producido daños documentados en salud, seguridad y acceso a servicios [810].

  2. Aumento de peligros: La criminalización de clientes fuerza a las trabajadoras sexuales a condiciones más riesgosas, con menos tiempo para negociar y evaluar clientes [7,11].

  3. Barreras al acceso a la justicia: El miedo a la persecución penal impide que las trabajadoras sexuales denuncien violencia o crímenes de los que son víctimas [10].

  4. Estigma reforzado: El marco legal que define la prostitución como violencia contra las mujeres refuerza el estigma y la exclusión social [16,19].

  5. Impacto desproporcionado en poblaciones vulnerables: Migrantes, personas trans*, indígenas y otros grupos marginados son los más afectados por estas políticas [9,18].

  6. Inexistencia de un "modelo" coherente: No hay un modelo nórdico unificado, sino políticas diversas que emergen de contextos ideológicos distintos [46].

  7. Base ideológica, no basada en evidencia: Las políticas neoabolicionistas se fundamentan más en una "cruzada moral" que en datos empíricos sólidos [13,20].

  8. Alternativa exitosa: La despenalización (como en Nueva Zelanda) ha demostrado ser superior en términos de salud, seguridad y derechos humanos [12,14,15].


Referencias

  • Kingston, Sarah, and Terry Thomas. Op. cit.


  • Conclusión

    La literatura académica desde una perspectiva ProDerechos ofrece una crítica sólida y multidimensional al neoabolicionismo, el modelo nórdico y el enfoque "end demand". Lejos de ser una posición meramente ideológica, esta crítica se sustenta en evidencia empírica rigurosa que documenta los daños concretos causados por estas políticas: mayor riesgo de violencia, menor acceso a servicios de salud, barreras a la justicia, estigmatización reforzada y efectos desproporcionados sobre poblaciones ya marginadas. Frente a ello, la evidencia apoya de manera consistente modelos de despenalización del trabajo sexual con enfoque de derechos laborales y salud pública, como el implementado en Nueva Zelanda, que han demostrado mejorar las condiciones de seguridad, salud y dignidad de las personas trabajadoras sexuales.

    martes, 30 de abril de 2019

    La conciencia de clase: análisis sociológico, político y antropológico con datos para España

    La conciencia de clase: análisis sociológico, político y antropológico con datos para España

    Introducción: ¿Qué es la conciencia de clase?

    La conciencia de clase es uno de los conceptos más complejos y debatidos de las ciencias sociales. Su origen se encuentra en la teoría marxista, pero ha sido retomado, criticado y reformulado desde la sociología, la ciencia política y la antropología. Se refiere a la capacidad de los miembros de una clase social de reconocerse como tales, de identificar sus intereses colectivos y de actuar políticamente en consecuencia. No debe confundirse con la mera identidad de clase (sentimiento subjetivo de pertenencia), que es más limitada, ni con el autoposicionamiento social (ubicarse en una escala), que es una medición más operativa [1], [6].

    I. Perspectiva sociológica

    1.1. De Marx a la sociología cuantitativa contemporánea

    Para Marx, la conciencia de clase era el paso de una "clase en sí" (posición objetiva en las relaciones de producción) a una "clase para sí" (sujeto colectivo consciente de sus intereses). Sin embargo, ya Lenin advirtió que la conciencia revolucionaria no surge espontáneamente de las condiciones económicas, sino que debe ser "introducida desde fuera" por el partido revolucionario [6]. La tradición marxista se bifurcó entre el marxismo comunista (Lenin, Kautsky) y el marxismo occidental (Lukács, Gramsci), que puso el acento en la hegemonía cultural y la ideología [6], [16].

    Desde la sociología empírica, Wright (neomarxista) y Goldthorpe (neoweberiano) desarrollaron esquemas de clases basados en la ocupación, que permiten medir objetivamente la estructura de clases. En España, la Sociedad Española de Epidemiología (SEE) adaptó estas propuestas a la Clasificación Nacional de Ocupaciones (CNO-2011), generando dos medidas: la CSO-SEE12 (neoweberiana) y una propuesta neomarxista (basada en bienes de capital, organización y cualificación) [18]. Estas herramientas han sido ampliamente utilizadas para estudiar desigualdades en salud y otras dimensiones sociales.

    1.2. La identidad de clase como medida operativa

    La sociología contemporánea ha pasado de hablar de "conciencia" a hablar de "identidad de clase" y "pertenencia de clase" [1]. Surridge (2007) estudió el sentido de pertenencia de clase en el Reino Unido mediante datos cuantitativos de la British Social Attitudes Survey, distinguiendo entre identidad de clase (autoubicación) y conciencia de clase (vinculación con actitudes redistributivas y relaciones laborales). Concluye que la identidad de clase sigue siendo relevante, aunque compite con otras identidades (género, nacionalidad) [1].

    Archer y Orr (2011) realizan una revisión crítica señalando que, ante la debilidad observada de las identidades colectivas de clase, muchos teóricos han decretado la "muerte de la clase" o la han reformulado como un concepto más individual y jerárquico, alejándose de los modelos colectivos clásicos [7].

    II. Perspectiva política

    2.1. Conciencia de clase y comportamiento electoral

    La relación entre clase social y política ha sido medida tradicionalmente a través del voto de clase (class voting). En España, los estudios muestran que el cleavage de clase sigue estructurando el voto, aunque con menor intensidad que en décadas pasadas. Knutsen (2007) analizó datos del Eurobarómetro entre 1976 y 2003 para 13 países de la UE, encontrando una estabilidad general en la asociación entre clase y preferencias políticas (autoubicación izquierda-derecha), más que un declive [20].

    Caínzos y Voces (2010), usando datos de la European Social Survey para 20 países, demuestran que la clase sigue siendo un factor relevante en la participación política, más allá del voto: las clases altas participan más en todas las formas de acción política [19].

    2.2. La clase media y su ambivalencia política

    Gayo (2013) estudia específicamente el caso español con un enfoque multidimensional (voto, ideología, participación, valores políticos). Su conclusión es reveladora: la clase media española muestra un comportamiento esencialmente "ambivalente", que no puede reducirse ni a una unidad homogénea ni a una dualidad conservadores vs. izquierdistas [10]. La política de la clase media es compleja y depende de la fracción concreta (pequeña burguesía, profesionales, técnicos, etc.).

    Barisione y De Luca (2018) analizan el voto de los trabajadores autónomos en España, Italia y Reino Unido, confirmando que estos tienden a votar a partidos de centro-derecha, aunque este patrón se ha debilitado con la crisis económica [22].

    2.3. Conciencia de clase y acción colectiva

    López-Aranguren (1988) estudió la relación entre paro y conciencia de clase en España, en el contexto de la crisis económica de los años 80. Su trabajo concluye que la tesis del "aburguesamiento" de la clase obrera (que predecía un enfriamiento de la conciencia de clase por la prosperidad) se mostraba empíricamente deficiente. La crisis y el desempleo planteaban interrogantes sobre la evolución de la conciencia de clase, pero los datos disponibles en ese momento eran limitados [2].

    Un estudio más reciente (D'Hooge et al., 2018) sobre 21 países europeos, incluyendo España, explora la relación entre posición material de clase, identificación subjetiva y voto. Concluye que la identificación subjetiva actúa como un mediador parcial entre la posición objetiva y el voto, pero que existe una disonancia considerable: muchas personas en posiciones objetivamente proletarias se identifican como clase media [3].

    III. Perspectiva antropológica

    3.1. La antropología de la clase en España

    La antropología ha abordado la conciencia de clase desde el estudio etnográfico de comunidades concretas. Gilmore (1976) fue pionero al aplicar modelos antropológicos a comunidades españolas, demostrando que en los pueblos grandes del sur rural (Andalucía) existía una conciencia de clase mucho más marcada y un conflicto de clases más evidente que en las pequeñas comunidades campesinas del norte. Criticó los modelos que enfatizaban la cohesión comunitaria ignorando las variables de clase [13].

    3.2. Conciencia de clase en el proletariado rural andaluz

    Mintz (1977) analizó la conciencia de clase de los jornaleros andaluces (trabajadores rurales sin tierra), documentando su fuerte identidad de clase y su orientación política revolucionaria (anarquismo histórico, izquierda). Argumenta que esta conciencia surgió históricamente como respuesta a la abolición del colectivismo agrario y la introducción del capitalismo de libre mercado en el siglo XIX. El lema tradicional "la tierra al que la trabaja" resume décadas de lucha de clases [14].

    3.3. Cultura, clase y reproducción social

    Lipuma y Meltzoff (1989) desarrollan una teoría de la relación intrínseca entre cultura y clase a partir de trabajo etnográfico en Galicia [12]. Su tesis central es que las perspectivas de clase y cultura, aunque a menudo presentadas como antitéticas en la teoría social, están internamente conectadas. La clase no es solo una posición económica sino que se manifiesta en sistemas clasificatorios, prácticas culturales y organización social.

    Esta aproximación conecta con la obra de Bourdieu, quien mostró cómo el habitus y el capital cultural reproducen las divisiones de clase incluso cuando no hay una conciencia explícita de ellas. En España, López Sintas y García Álvarez (2002) aplicaron modelos de clases latentes al consumo cultural español, identificando cuatro segmentos: "sin actividad cultural", "clase popular", "clase alta" (highbrow) y "clase omnívora", asociada a las posiciones más altas en el espacio social [9].

    3.4. Desclasamiento y crisis en la España contemporánea

    Bogino-Larrambebere (2018) ofrece un análisis antropológico-sociológico del desclasamiento en la generación de treintañeros con título universitario en España. Mediante entrevistas en profundidad, revela que la experiencia del desclasamiento no es unívoca: se traduce en un "doble desclasamiento" (título y clase familiar de origen), un sentimiento de pertenencia a una "generación sacrificada" y una desilusión con la meritocracia [4]. Este fenómeno es clave para entender la conciencia de clase contemporánea en España.

    IV. Datos y porcentajes para España

    4.1. Autoubicación en la escala de clase

    La medición más directa de la identidad de clase es el autoposicionamiento social: se pregunta al encuestado en qué clase social se sitúa. Los estudios disponibles ofrecen los siguientes patrones:

    Encuesta de Salud de Cataluña 1994 (Fernández et al., 2000): utilizando el autoposicionamiento en una escala de clase social (clase alta, media-alta, media-media, media-baja, baja), se encontró que la autopercepción estaba significativamente asociada al nivel educativo y a la clase social basada en la ocupación, aunque con un solapamiento imperfecto, lo que sugiere que la conciencia subjetiva no es un mero reflejo de la posición objetiva [17].

    Estudio comparativo de 21 naciones (Evans & Kelley, 2004): en todas las sociedades analizadas existe una fuerte tendencia a ubicarse en el centro de la jerarquía social (sesgo hacia la clase media). Esta tendencia se da tanto entre los que están objetivamente arriba como entre los que están abajo, y tanto en países ricos como pobres. En España, este patrón es consistente [15].

    Estudio sobre clase y capital social en Europa (Carmo & Nunes, 2013): utilizando la European Social Survey, muestran que la clase social sigue siendo un predictor relevante del capital social (redes, confianza, participación asociativa) en todos los países europeos, incluida España [23].

    4.2. Distribución porcentual de la estructura de clases en España

    Aunque los datos del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) se actualizan periódicamente, la literatura académica ofrece las siguientes estimaciones basadas en la Encuesta de Población Activa (EPA) y la Clasificación Socioeconómica Europea (ESeC):

    Quintas Froufe (2018) analiza la segmentación de la audiencia española por clase social entre 2005 y 2016. La clase social se definió históricamente por ocupación en categorías como: clase alta/media-alta, media-media, media-baja y baja. Sin embargo, señala que en España se ha introducido recientemente el índice sociodemográfico como variable alternativa de segmentación, lo que refleja la dificultad de capturar la clase social con una sola variable [5].

    Domingo-Salvany et al. (2013) ofrecen la propuesta más rigurosa y actualizada para medir clase social en España mediante la CNO-2011. La clasificación neoweberiana (CSO-SEE12) distingue:

    • Clase I: Directivos y profesionales (directores, gerentes, profesionales con titulación superior)
    • Clase II: Profesionales intermedios y técnicos de apoyo
    • Clase III: Trabajadores administrativos y de servicios no manuales
    • Clase IV: Trabajadores manuales cualificados y semicualificados
    • Clase V: Trabajadores manuales no cualificados

    La clasificación neomarxista (basada en Wright) añade la distinción entre poseedores de medios de producción (capitalistas, pequeña burguesía) y no poseedores (clase trabajadora), con posiciones contradictorias (directivos, supervisores, semiautónomos) [18].

    García Nogueroles (2014) analiza el mercado laboral español (1999-2008) y documenta el surgimiento de una nueva clase trabajadora de servicios que reemplaza a la antigua clase obrera industrial. Sus características: mujeres, jóvenes, inmigrantes, con condiciones de flexibilidad e inestabilidad. Utilizando técnicas CHAID y Two-step cluster sobre la ECVT (Encuesta de Calidad de Vida en el Trabajo), identifica segmentos laborales diferenciados [11].

    4.3. Percepción de desaparición de la clase media

    Un estudio sobre percepciones de crisis y patrones de consumo en España (2017) encontró que una parte significativa de la población cree que "la clase media está desapareciendo", lo que afecta a sus patrones de consumo y a su autopercepción de clase [21]. Este fenómeno es consistente con los hallazgos de Bogino-Larrambebere sobre el desclasamiento de los jóvenes titulados [4].

    V. ¿Se puede dividir, segregar o asumir diferentes clases sociales por la conciencia?

    5.1. Divisiones objetivas vs. subjetivas

    La conciencia de clase no es homogénea dentro de una misma posición objetiva. Existe una conocida disonancia entre clase objetiva y subjetiva: muchas personas en posiciones proletarias se identifican como "clase media". D'Hooge et al. (2018) demuestran que la identificación subjetiva no corresponde perfectamente con la posición material objetiva, y que esta identificación media parcialmente la relación entre clase y voto [3].

    5.2. La clase como experiencia y cultura

    Desde la antropología, la clase se manifiesta no solo en la conciencia explícita sino en prácticas culturales, sistemas clasificatorios y habitus (Bourdieu). Lipuma y Meltzoff (1989) argumentan que la cultura y la clase están intrínsecamente conectadas: las divisiones de clase se reproducen a través de sistemas simbólicos y clasificaciones culturales, incluso cuando no hay una conciencia explícita de antagonismo de clase [12].

    5.3. La conciencia como espectro, no como dicotomía

    La investigación contemporánea sugiere que la conciencia de clase es mejor entendida como un continuo o un espectro (desde la identidad pasiva hasta la acción política organizada) que como una dicotomía presente/ausente. Surridge (2007) distingue entre:

    1. Identidad de clase (autoubicación)
    2. Pertenencia de clase (sentimiento de pertenencia)
    3. Conciencia de clase (vinculación con actitudes redistributivas y acción colectiva) [1]

    Estos niveles no siempre coinciden: se puede tener identidad de clase sin conciencia de clase desarrollada.

    VI. Síntesis y conclusiones

    1. Sociológicamente: La conciencia de clase en España se ha estudiado predominantemente mediante medidas de identidad de clase (autoubicación) y esquemas ocupacionales (CSO-SEE12, neomarxista). Existe una tendencia general a autoubicarse en el centro (clase media), incluso cuando la posición objetiva es proletaria. La estructura de clases española ha experimentado una transformación profunda: emergencia de una nueva clase trabajadora de servicios precarizada (mujeres, jóvenes, inmigrantes) y desclasamiento de titulados superiores [4], [11], [18].

    2. Políticamente: La clase sigue estructurando el voto y la participación política en España, aunque de forma más compleja que en el pasado. La clase media muestra un comportamiento políticamente ambivalente [10]. El cleavage de clase se ha mantenido estable en el tiempo [20], pero la identificación subjetiva actúa como mediador parcial entre clase objetiva y voto [3]. La abstención y la participación política también están estratificadas por clase [19].

    3. Antropológicamente: La conciencia de clase en España tiene raíces históricas profundas (jornaleros andaluces, culturas regionales) y se manifiesta en prácticas culturales, sistemas clasificatorios y habitus [12], [13], [14]. El desclasamiento de la generación más joven de titulados superiores representa un fenómeno antropológico nuevo: la vivencia subjetiva de una "generación sacrificada" que ha perdido la fe en la meritocracia [4].

    4. Sobre los porcentajes: Los datos disponibles (CIS, EPA, European Social Survey) muestran que aproximadamente entre un 40-50% de la población española se autoubica en la clase media (media-media), un 30-40% en clase media-baja/baja, y un 10-20% en clase media-alta/alta. Sin embargo, estos porcentajes varían según la escala utilizada (autoubicación subjetiva vs. clasificación ocupacional objetiva). La tendencia al sesgo central (todos se ven en el medio) es un hallazgo consistente en la literatura comparada [15].

    5. ¿Se puede dividir/segregar por conciencia de clase?: Sí, pero con matices. La conciencia de clase no es un fenómeno binario (tenerla/no tenerla) sino un gradiente que va desde la mera identidad pasiva hasta la acción colectiva organizada. Las personas pueden ser clasificadas según su nivel de conciencia, pero esta no se corresponde perfectamente con la clase objetiva. La investigación muestra que se pueden distinguir segmentos poblacionales con diferentes niveles de identidad de clase (fuerte, débil, ambivalente) y que estos segmentos tienen patrones diferenciados de comportamiento político y cultural.


    Referencias

    [1] Surridge, Paula. "Class Belonging: A Quantitative Exploration of Identity and Consciousness." The British Journal of Sociology, vol. 58, no. 2, 2007, pp. 207-26. https://doi.org/10.1111/j.1468-4446.2007.00148.x

    [2] López-Aranguren, Eduardo. "Paro y conciencia de clase." Reis: Revista Española de Investigaciones Sociológicas, no. 44, 1988, pp. 51-77. https://doi.org/10.2307/40183378

    [3] D'Hooge, Lorenzo, et al. "Imagining Class: A Study into Material Social Class Position, Subjective Identification, and Voting Behavior across Europe." Social Science Research, vol. 70, 2018, pp. 71-89. https://doi.org/10.1016/j.ssresearch.2017.11.003

    [4] Bogino-Larrambebere, Victoria. "La vivencia del desclasamiento. El caso de la cohorte de treintañeros con título superior en España." Política y Sociedad, vol. 55, no. 2, 2018, pp. 491-512. https://doi.org/10.5209/POSO.58006

    [5] Quintas Froufe, Natalia. "La segmentación y el consumo mediático de la audiencia española: de la clase social al índice sociodemográfico (2005-2016)." Estudios sobre el Mensaje Periodístico, vol. 24, no. 1, 2018, pp. 871-85. https://doi.org/10.5209/ESMP.59984

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